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Te gusta más luchar por tu libertad que ser libre-le dije.

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Estaba pálido pero sonreía. Me pareció ver en su cara un atisbo de sorpresa al escuchar mi comentario, pero él nunca lo reconocería.

De nuevo, nos vimos rodeados por la luz de la tarde que parecía dejarlo todo en suspenso. La mañana quedaba como algo remoto, como si no hubiera ocurrido nunca y era la que nos había conducido hasta ese momento. 

-A ver, vuelve a repetirme eso- me pidió en un tono sospechosamente dulce para su personalidad combativa.

-Pues eso, que a veces las personas no nos enfocamos bien.

Eché a andar. Veía a la derecha el mar con un color azul oscuro delicioso.

-Enfocarse en luchar por algo es sólo una excusa- proseguí. Una manera de comportarse algo antigua, diría yo.

-¿Antigua? 

-Si, una forma de comportarse aprendida. La lucha. La lucha. ¡Hay que luchar por todo! ¡No pain, no gain! Menudo gol nos metieron. Menuda manera más masoca de vivir la vida.

Por cada palabra que pronunciaba, él parecía más sonriente. Era la sonrisa del desconcierto. Cada reflexión mía le dejaba como parado, pero yo seguía caminando. Lo que más me gustaba de él era su capacidad para no convencerse a sí mismo de cualquier cosa, algo tan propio de las personas inseguras. Cuanto más le veía dudar más seguro le sentía.

Durante unos segundos más no sucedió nada. Aunque quizás si. Quizás estaba ocurriendo todo. Aminoré el paso y le esperé.

-Vale. Entonces-dijo rompiendo el silencio- Dices que yo prefiero luchar a ser.

Asentí con la cabeza porque sabía que si le decía algo en ese momento la magia podría desaparecer.

-¿Y cómo se hace eso? Digo, lo de no luchar y ser lo que uno es. 

-Respóndeme una cosa- le reté. ¿Cómo nos enamoramos? ¿Cómo crees se puede llegar a amar? 

-Dime tú.

-¿Sabes cuántos momentos tiene un día? Sólo uno, ¿lo sabes?

-¡Vero!- me suplicó.

– 6.400.099.980 momentos elevado a 40. Es decir, 6.400.099.980 oportunidades elevadas a 40 para no luchar. Para ser lo que quieras. Para tener lo que quieras. Para liberarte de tanta carga. ¡Eso sólo en un día!. ¡Menudo regalo!

Él pensaba que me había desviado del tema, pero no. Todo estaba relacionado.

Quería creerme. Lo veía.

– Todavía no has contestado a mis preguntas- le recordé.

-No tengo la respuesta. Nunca había pensado en ello. ¿Cómo llega uno a enamorase? ¿Cómo llega uno a vivir en plenitud? 

No sabía si se lo preguntaba a sí mismo o me lo preguntaba a mí. Había algo nuevo en su voz. Algo que no podía identificar pero que armonizaba con esa actitud de querer saber más.

– Uno deja de luchar cuando se enamora en mayúsculas.

-Enamorarse en mayúsculas- gritó riéndose bien alto y haciendo una mueca en su cara como diciendo, ya no puedo más contigo.- Si, pero dime, ¿cómo se llega ahí según tú?

-Dejándose. Dejándote.

De nuevo el silencio, la luz que dejaba todo en suspenso y uno de aquellos seis billones de momentos del día cargados de conciencia.

 

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