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Creí que nunca llegaría el viernes.

Pero lo hizo. Después de tres días de trabajo intenso en Lisboa lo único que quería era coger el avión que me llevara de vuelta a casa.

Pasar la zona de control de los aeropuertos se había convertido en una tarea de lo más tediosa. Pero había que hacerlo. 

Atravesé toda aquella marea de gente siendo “observada” por aquellas personas vestidas con uniforme y mientras me recomponía (me habían hecho quitarme los zapatos, el cinturón…) miré  la pantalla para conocer la puerta de embarque.

Nada. Todavía no había información.

Así que caminé por aquel largo pasillo lleno de ventanales sin vistas a ninguna parte pero que al menos permitían ver que ahí afuera, había luz. 

Cuando llegué a aquella gran sala, recorrí con la mirada todos los asientos que quedaban disponibles. Para ser un viernes por la tarde parecía que todavía había algunos libres. Sin pensar demasiado elegí uno al azar. 

Me senté y saqué mi libro. Empecé a leer un poco mientras trataba de acomodarme. Todavía podía sentir mi respiración acelerada.

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Parecía que empezaba a concentrarme un poco, pero había algo que tiraba de mí, una fuerza extraña.  Quería seguir leyendo pero había algo más fuerte que me pedía que levantara la mirada. Lo hice. Así fue como la vi. 

Se paseaba con una tranquila elegancia entre toda aquella gente. Parecía no tocar el suelo. Su pelo moreno y lacio le llegaba a la cintura y su falda larga tapada por aquel frágil abrigo de verano hacia que no pudiera ver sus pies. Aunque me dejaba intuir un cuerpo fino y muy delgado.

Me sentí atraída enormemente por ella. Por su aura. No sabía si era guapa o no. El contraluz de los ventanales que mostraban la pista de aterrizaje sólo alumbraban una silueta negra.  No podía ver bien los rasgos de su cara, pero había algo en su forma de vestir, de andar, de girar la cabeza que la hacía inmensamente bella, aún entre tanta sombra. 

De repente, la perdí. ¿Cómo había podido pasar? Si la estaba siguiendo con la mirada. Quizás se haya sentado y no me he dado cuenta, pensé. Seguí con mi lectura. 

Por fin llegó la hora de embarcar. Estaba en la fila cinco en el asiento C. Era mi favorito, siempre lo pedía cuando facturaba. Era el lugar perfecto para poder salir la primera y entrar la última. 

Me senté aliviada pensando en que cada vez quedaba menos para llegar a casa. Abrí el libro cuando volví a sentir aquella fuerza que me obligaba a levantar la cabeza. Esta vez no me resistí mucho y menos mal que no lo hice porque en aquel momento apareció “ella” en el pasillo. La miré tan fijamente como lo había hecho en la sala de espera, esta vez con una pequeña diferencia, ella también me miraba. Era como si nos conociéramos sin habernos visto nunca. Su aura seguía allí, en el mismo avión. Me lanzó una preciosa sonrisa. Se la devolví, no por educación, sino porque me sentía feliz de tanta coincidencia. 

Su asiento estaba a mi lado, separadas por el pasillo pero en la misma fila. Se me escapó un amago de carcajada y para disimular volví a inclinar la cabeza hacia el libro.

¡La vida!- me dije fascinada por la situación. 

Todo parecía transcurrir de forma “habitual”. Las azafatas siguieron su protocolo informativo, se aseguraron que los cinturones estaban bien abrochados y el despegue fue de los más suave y tranquilo. Había pasado tanto rato que ya me había olvidado de ella y de todas las coincidencias hasta que oí una voz suave que me decía:

-¿Trabajas para la Unesco? 

Era ella. Se dirigía a mi. Su voz era calmada pero muy intensa. Su pregunta me abrumó. En ese momento la confusión se apoderó de mi. A ver, ella, la he visto en la sala de espera, luego desaparece, llega a mi avión, se sienta a mi lado y…¿me pregunta si trabajo para la Unesco? ¿Qué le habrá hecho pensar eso? 

Debió de darse cuenta de que no sabía qué contestar y añadió: “Te lo pregunto por el libro que estás leyendo. “Yihad. Cómo se financia el terrorismo en la nueva economía”,. Es un libro muy especial y que sólo conocemos unos pocos. Trabajo en la Unesco. Vengo de una conferencia que ha durado una semana y pensaba que tú podrías haber asistido también. 

Me quedé mirando la tapa del libro.

-“¡Ah! ¡Es por esto! Casualmente, este libro me lo recomendó un amigo que trabaja en la Unesco. Es negociador y actualmente está encargado de gestionar las negociaciones en el Chad- le comenté. Es sociólogo.

-¡Qué coincidencia! me dijo ella. Yo soy responsable de la culturización cinematográfica en China. Paso más de seis meses al año viviendo allí. El resto vivo en Barcelona y viajo por Europa. 

– ¿En qué parte de China?- le pregunté . He estado allí y me interesa muchísimo cómo se está desarrollando todo.

Fue en ese momento cuando aquella hora y poco más de vuelo se volvió un segundo. La conexión era espectacular.

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Al llegar a Barcelona, salimos juntas del avión y nos dirigimos a recoger nuestras maletas. La suya salió antes que la mía. Así que la cogió vino hacia mi y me dio un gran abrazo. 

-¡Ojalá nos volvamos a encontrar pronto!- le dije yo.

-Igual si, quién sabe. ¿Puedo decirte una cosa? 

-Claro- le contesté sorprendida.

-Cuando gestiones tu energía serás la bomba.

Me dio un beso en la mejilla y se marchó. Desde entonces no he dejado de pensar en ella. No he parado de dar vueltas a su comentario. ¿Mi energía? ¿Gestionarla? ¿Qué había querido decir?

Después de tantos años, hoy quería escribir este artículo para dejar constancia de algo…

He descubierto lo que querías decir. ¡Muchas gracias por cruzarte en mi vida!

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