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“Cartas a un joven poeta” de Rainer Maria Rilke.


Es uno de mis libros de cabecera. Es ese libro al que siempre vuelvo cuando me planteo aquello de ¿debería crear? ¿estaré en el camino? 


Trata de diez cartas que Rilke envía a un joven artista. Las respuestas a un escritor amateur que le pide consejo sobre sus textos. En ellas el poeta expone con claridad y belleza sus opiniones sobre la creación artística. 


Y eso es lo que hago yo con él. Le planteo mis preguntas, concentro mi mirada en sus páginas y entonces sigo con atención sus hermosas palabras llenas de amor y sabio cuidado. 
Es curioso, porque Rilke me habla de una “exigencia vital” desde el año 1903 y yo le escucho atentamente desde el 2011. Y le siento cerca. 


Siempre supe que el tiempo y yo teníamos una relación especial.
Con Rilke también.


[…] Pregunta usted si su versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes ha preguntado a otros.
Los envía usted a revistas. Los compara con otros poemas y se intranquiliza cuando ciertas redacciones rechazan sus intentos. Ahora bien (puesto que usted me ha permitido aconsejarle), le ruego que abandone todo eso. Mira usted hacia fuera, y eso, sobre todo, no debería hacerlo ahora.


Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Hay sólo un único medio.

Entre en usted. Examine ese fundamento que usted llama escribir; ponga a prueba si extiende sus raíces hasta el lugar más profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted si se privara de escribir.


Esto, sobre todo: pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escribir?
Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si ésta hubiera de ser de asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo, entonces construya su vida según esa necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente y pequeña, debe ser un signo y un testimonio de ese impulso. 




[…] Por eso, sálvese de los temas generales y vuélvase a los que le ofrece su propia vida cotidiana: describa sus melancolías y deseos, los pensamientos fugaces y la fe en alguna belleza; descríbalo todo con sinceridad interior, tranquila, humilde, y use, para expresarlo, las cosas de su ambiente, las imágenes de sus sueños y los objetos de su recuerdo. 
Si su vida cotidiana le parece pobre, no se queje de ella; fíjese en usted mismo, dígase que no es bastante poeta como para conjurar sus riquezas: pues para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre e indiferente. 




[…] Una obra de arte es buena cuando nace de la necesidad. 


[…] Por eso, mi distinguido amigo, no sabría darle más consejo que éste: entrar en sí mismo y examinar las profundidades de que brota su vida…


Entonces, acepte sobre sí ese destino, y sopórtelo, con su carga y su grandeza, sin preguntar por la recompensa que pudiera venir de fuera. 

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