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Fue el veintitrés de abril del año 2008. Tal día como hoy. Tenía un gran trabajo, de esos que suelen ser considerados como “socialmente deseables”pero justo ese día, ya no tenía que ir al despacho ni coger ningún avión. Me había tomado un año sabático, “una excedencia”  según decían los papeles que rellené para mi empresa. Estaba muy decidida. No me preocupaba el impacto de mi decisión aunque debo reconocer que tenía ese “run run” interior que me decía de una forma muy tímida que probablemente nunca más regresaría a aquel lugar . Quería vivir. Quería tener todo un año para investigar, explorar, descubrir el cómo vivir a mi manera. Intentar hacer de mis hobbies toda una vida laboral-divertida orientada al servicio de los demás.
Dos años después, el ventitrés de abril del año 2010 te estoy contando esto como si la vida que tengo ahora es la que hubiera tenido siempre. No tengo mucho que decir sobre lo que he aprendido pero si sobre todo lo que he desaprendido. Me sobraban muchas cosas de las que sabía, la verdad. Y dejarlas de saber me ha costado bastante. Eso si, nunca volví al lugar  de donde salí, tal y como aquel “run, run” interno ya me avisó en su día.
Todo va bien. El balance es positivo. Pero sólo es eso, un balance. Mañana puede ser otra cosa. Dicen que hay que ser muy valiente para dejar un trabajo, pero  no creo que sea cuestión de valentía. Conozco a mucha gente que lo ha hecho. Quizá sea más  una cuestión de honestidad y coraje (que proviene de cor- seguir al corazón). No hace falta un plan, sino querer vivir de determinada manera. Ahora, después de esa decisión tomada hace dos años, sigo viva. Construyendo mi vida cada día, sin prisa pero sin pausa. Disfrutando de cada momento. Yo no volví, pero tú podrías hacerlo si lo deseas.
¿Mi recomendación? Ninguna. Bueno sí, una, no preguntes, no vivas de las experiencias de los demás. Descúbrelo por ti mism@. Y si quieres preguntar, plantéaselo a tu corazón. Él te dirá la verdad.

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