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sapo

Queremos estabilidad y la estabilidad no la da el cambio. Sin embargo, ¡necesito un cambio! ¡Que algo ocurra!. Ese “que pase algo”, es un “que se produzca un cambio!, encubierto y con la carga emocional de la esperanza.

¿Verdad que conoces a muchas personas que quieren un cambio en su vida? El cambiar en la mayoría de los casos supone dirigirse a la novedad y ahí empieza todo, la eterna cuestión. Se desarrolla la ambigüedad entre el querer un cambio y el deseo de mantener el “status quo”. Comienza la escisión  entre nuestro instinto de mejora y el de consolidación.
Los cambios siempre suelen ser buenos, los cambios que son queridos, claro está (los que no también, pero de eso podemos hablar en otro post). Fíjate lo que le ocurrió a aquel sapo que fue besado por la princesa del cuento. Se convirtió en príncipe. Parece que no le fue mal, ¿verdad? Quién lo hubiera dicho cuando estaba allí mimetizado con el barro. La princesa fue valiente al besar a un sapo y el príncipe tuvo su cambio. El resultado fue bueno para los dos.
¿Cuándo fue la última vez que tuviste un cambio? ¿Qué pasó? ¿Cuál fue el resultado?

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