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Bali, Indonesia 2015

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Seguramente, si nos limitáramos a existir las cosas resultarían más sencillas.

Sin embargo, yo prefiero vivir.

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Bali me conmovió.

Llegar desde Australia a la isla fue toda una experiencia. Pasamos del vacío a la superpoblación, de las normas al caos organizado, de la naturaleza más salvaje a la más romántica.

Era como una regresión. Una vuelta a la fuente, otra vez más en este viaje y esa sensación contenía algo de maravilloso.

Por supuesto, lo era.

Bali tenía algo que nos unía a la tierra en una especie de convivencia divina. La isla que viste continuamente de gala, por ellos, por sus dioses, por que sí.

Una coreografía diaria de danza y celebración.

Pero…¿qué es tener rituales?

 

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Tener rituales es, pues eso, quitar el piloto automático. Tener presencia.

Gestos hermosos, sagrados que nada tienen que ver con lo religioso. Pueden durar días, horas o tan sólo un segundo. Una celebración ejercida de manera callada, íntima o compartida. Su forma no tiene límite, sólo el de la consciencia y la belleza. El camino para superar la inercia de la rutina.

El ritual trasciende al hábito que nos permite no pararnos, reflexionar y nos proporciona la comodidad del «ir tirando»

Bali es eso. Un festival de arte. Una sonrisa a lo que llega. Ofrendas efímeras que permanecen para siempre.

En un momento en el que nos entregamos a nuestros hábitos con el único objetivo de eludir lo esencial, yo entregué mi vida a la ritualidad. Mi forma de levantarme, de poner la mesa, de vestirme. Todo ello ancla mi presencia. Mi propósito. Mi manera de vivir con intención.

Me recuerdan que soy amor.

Los hábitos nacen de la voluntad, mantenerlos o cambiarlos pueden suponer esfuerzo.

Los rituales nacen del juego.

Celebrar y vivir son la misma cosa, porque ¿dónde habita realmente mi alegría? Me preguntaba subida en aquella moto destartalada mientras conducíamos por carreteras de seguridad dudosa. Luego, levantaba la mirada hacia el cielo y las veía. Cometas que, al atardecer danzaban con el viento. Entonces, la respuesta llegaba.

Vivir en la inercia es existir.

El arraigado hábito de no vivir.

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