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Ansiedad puede ser una mala palabra sobre todo cuando estás en la cama y acabas de despertar.

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La luz de la habitación intenta atraparme y yo me dejo. De hecho lo único que hago desde que llegué a este país es dejarme atrapar.

Mi primer impulso es levantarme. Estoy en mi nuevo hogar y hay que aprovechar. El tiempo vuela. No puedo perder ni un minuto en esta maravillosa cama «king size».

A correr, pienso.

Quiero acabar pronto. Salir al jardín, coger mi bici y empezar a pedalear. Este precioso día de otoño ya no volverá.

Compruebo que el ordenador esté cerca.

Todo está en orden.

Intuitivamente sé que no debo hacer nada de lo que estoy pensando. Me mando parar.

Me concentro en mirar hacia la ventana. La respuesta está allí, estoy segura. Está entre esos pájaros que me despiertan cada mañana. Entre toda esa  «wildlife» que me rodea cada día y que tanto he aprendido a amar: serpientes, tiburones, delfines, arañas, canguros, possums, pelícanos, pingüinos y millones de especies con los que convivo diariamente de forma  «natural». Compartimos espacio y  me ayudan a acercarme un poco más a la verdad pero, todavía hay algo que no está funcionando.

Sigo en la mente.

Sigo empeñada en no tratarme bien a pesar de estar en el paraíso. Es eso lo que hago ¿verdad?

Conozco mis necesidades y aún así me siento un poco egoísta. Apuesto por la claridad y la paz interior; todavía hay veces en las que me engancho en cosas que no son tan claras ni me aportan serenidad. 

Eso me pasa por querer analizar. Entro en bucle y me empiezo a martirizar. ¿Quién es esa persona que piensa?

Mi vida aquí en Australia existe para que yo evolucione. Yo la he creado, me dice la voz que siempre viene a salvarme.

Ahora me siento a gusto. 

No me avergüenzo ni me culpo por ser capaz de sentir mis emociones, porque es justo en el momento en el que me dedico a sentir -sin analizar- cuando la magia aparece. Podrías intentarlo tú también.

«La vida está aquí para que yo evolucione», me recuerda la voz cómplice.

No más daño.

 

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