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Dudo, luego sufro

A las personas no nos gusta dudar. 

Las dudas nos hacen sufrir. Sobre todo cuando no sabemos gestionarlas. 

Dudar es el trampolín de la creatividad porque te lleva a explorar. A no dar nada por sentado y querer encontrar tu verdad. Pero al mismo tiempo, también puede ser la manera de entrar en el pensamiento obsesivo. En la parálisis y perder toda capacidad para tomar decisiones por miedo a lo que vendrá.

Siempre he vivido con dudas. El peor período para mí y en el que más sufrí fue cuando intentaba buscar mi lugar en el mundo. Cuando quería empezar a hacer lo que amaba y me centré en elegir el camino correcto. Cuando en mi interior sabía perfectamente qué era lo que necesitaba y no me atrevía a hacerle caso. 

Vivir con la duda

Ahora he aprendido a relacionarme con ella. Me ayuda a ir más allá.

Hacer lo que ames es vivir en  constante incertidumbre, exactamente igual que cuando estás en otra situación aparentemente más segura. La única diferencia es que vives todo con mayor aceptación. De forma relajada. Porque lo importante no es tomar la decisión correcta, sino tener la mejor actitud. 

En un mundo repleto de posibilidades ¿para qué quedarnos siempre en el mismo sitio por no saber qué vendrá después? No hace falta analizar todo con tanta precisión. 

El exceso de dudas nos atrapa. La confianza nos libera. Démonos una oportunidad.


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