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El profesor de gimnasia natural dijo que no nos enseñan a caer. “Si lo hicieran veríamos todo de otra forma. Seríamos más atrevidos”. Lo dijo de forma apasionada y desprendía certeza. Escucho su voz mientras me adentro en la caída. 

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Mi caída.

Siento mi peso. Lo reparto. Descompongo las fuerzas. Organizo mis vértebras en el aire mientras que el pecho da un salto amargo. Cambia de lado. Queda amontonado sólo a tres dedos de mi garganta. Si aguanto la respiración es por cobarde.

Apoya el hombro primero, recoge las manos, hay que cubrir el pecho. Nada de caer al descubierto. Cierto.

Nota mental:  recoger las entrañas antes de caer es un acierto.

No hay pánico, sólo una pérdida de control que encuentro excitante. Como cuando deseas mucho a alguien pero no te atreves a besarle. No puedo pensar mucho, la gravedad exige urgencia y el desconcierto aprieta.

Y caes, sin más. Así, hacia adelante.

Nada ocurre en vano. Ni siquiera rozar el suelo, ni vivir rodando. Vuelvo al mismo lugar, a ese trozo de tierra estable desde el que partí pero yo me siento movida.

Cultivo la caída de lo que no hace falta. De lo que pesa y arrastra.

Liviana, me apoyo en el costado y sin manos caigo. Lo provoco. Resulta que me gusta.

¡Cuanto nos destestan a aquellos que sobrevolamos! Sólo por querer probarlo.

Me elevo sin despegar. Hay que disimular.

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