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El miedo es lo que cuenta. 

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Está por todas partes. Retumba. Y no puedes pensar que le conoces sólo por haberle detectado. Lo cierto es que muy pocos lo hacen y muchos menos son aquellos que le abrazan al encontrarlo. Pensamos que no está ahí. No existe,¿cómo podría estar pasándome a mí?

 Y así nos gusta estar: centrados en la cabeza pero alejados de la razón. Ciegos y ocultando cualquier sensación.

Se debe al miedo que surja la pereza, la ansiedad y la impaciencia. Es por él que buscamos atajos, salidas fáciles y esa maldita seguridad que parece ser, nadie se ha dado cuenta de que únicamente existe en nuestro interior. Nunca fuera.

Es implacable y no se anda con consideraciones. Te hace olvidar lo que estabas siendo y te pierdes a ti mismo. Te centras en el fracaso, la intranquilidad y la desesperanza. Retomas el pasado y te sientes poco válido, aunque nunca te atrevas a decirlo en alto.

¿Cuántas cosas dejamos pasar por miedo? ¿Cuántas cosas dejamos de decir porque estamos asustados? Nos deja desamparados, deposeídos y algo desalmados.

Si pienso en él siempre le veo escuchando, tranquilo, vistiéndose con esmero. Sabe que tiene el poder. La humanidad se lo ha cedido y no parece que haya mucho por hacer. Aunque tal vez si. Tal vez, estaría bien recordar que si alguna vez aparece en tu vida y llegas a reconocerlo, no luches con él. No lo escondas, no intentes que se vaya. Así no funciona. Si algún día le encuentras abrázate a él. Dile que quieres conocerle bien porque conocer es querer. Dale una oportunidad de que te cuente por qué está ahí, qué noticias trae para ti y entonces, le dejarás de temer.

Por favor, ayúdame. No más miedo al miedo. No nos hace bien. “Dance Me To the End of Love”.

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