Es difícil corregir lo que no identificas

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Me refiero que a veces, sabes que te pasa algo pero no sabes qué nombre tiene.  O a veces, sabes el nombre, pero no sabes de dónde viene eso que te pasa. O por qué llega. Pero tú sigues. Sigues con tus cosas. Y ahí estaba yo, de pie frente al espejo, algodón en mano, empapado en aceite de sésamo y  deslizándolo suavemente por mi cara. Una noche más.

Creía que estaba sólo pendiente de eso, podría haber asegurado que estaba viviendo el instante pero no era verdad, lo que hacía es que pensaba. Sí. Así, a lo loco. De cualquier manera. Secuencias de pensamientos pasando a toda velocidad, sin orden, sin fecha y sin destino. Ideas que iban y venían. Otras se repetían.

Mi cabeza estaba llena. Llena de historias. Historias inacabadas, algunas verdaderas, otras más bien falsas. Relatos que siempre causaban emociones aunque no fuera consciente. Y no me daba cuenta porque no me había tomado el tiempo a pensar lo que pensaba.

Así que era eso: no me paraba. Dejaba que todo lo que pasaba por mi cabeza me habitara. Y claro, sufría. Sufría porque me lo creía. Tomaba como verdad absoluta todo lo que pensaba.

¿Y quén sabía? Quizás también sufría porque no me parecía seguro parar y mirar. Aunque dentro de mí tenía la rara impresión de que no había nada más solido en el Universo que esa capacidad de quedarse suspendido en el tiempo hasta encontrar tu verdad. Ésa que siempre está ahí pero a la que nunca llegas porque te da miedo su intensidad.

Aún así, reconocer no era lo mismo que conocer, ¿Y no era esa la clave?

Hubo un momento de bonita lucidez en esa aproximación que justo coincidió con el gesto de guardar el frasco del aceite en el armario y apagar la luz para ir a la cama. ¿No será que la locura se produce cuando has de parar y lo único que quieres hacer es escapar?

La sábana cubriéndome el cuerpo puso fin a todo esto. Nadie podía acabar con tanto diálogo excepto yo. Nadie puede acabar con el tuyo excepto tú.

 

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